El desafío de cambiar Paraguay IV - La política de los aliados, los cargos y las lealtades
16 de octubre de 2026 a las 04:39 p. m.

La contradicción del proyecto político de Miguel Prieto: ¿renovación democrática o concentración del poder?
Uno de los mayores desafíos de la renovación democrática es construir una relación equilibrada entre liderazgo, pluralismo y participación. Una fuerza política que proclama representar un cambio verdadero debe demostrarlo en sus prácticas, aceptando la discrepancia, garantizando una participación equitativa de sus aliados y respetando la autonomía de cada organización que integra la coalición.
Una alianza democrática no puede construirse sobre la subordinación de sus integrantes a una conducción única, sino sobre acuerdos programáticos, responsabilidades compartidas y reglas transparentes para la toma de decisiones y la selección de candidaturas. Los movimientos que la conforman deben conservar su identidad, sus principios y su capacidad efectiva de decisión.
Sin embargo, en Ciudad del Este parece haberse desarrollado un proceso contrario a estos principios. El movimiento Yo Creo, identificado como el eje de una nueva estructura de poder, ha adquirido una posición predominante dentro de su espacio político, poniendo en cuestión la autonomía de los sectores que se incorporaron al proyecto.
Lo que debía constituir una alianza plural corre el riesgo de convertirse en una estructura absorbente, donde las organizaciones aliadas pierden capacidad de decisión y quedan subordinadas a los intereses de una conducción centralizada.
Cuando la integración política se sostiene principalmente mediante el reparto de cargos, espacios institucionales y cuotas de poder, la alianza deja de ser una herramienta de transformación colectiva para convertirse en un mecanismo de conveniencia electoral. En esas condiciones, la adhesión puede responder más a las oportunidades que ofrece la proximidad con el núcleo dirigente que a la coincidencia de principios o a un programa común.
Esta práctica revela el riesgo de una concepción personalista y concentrada del poder que, bajo un discurso renovador, reproduce vicios históricos de la democracia paraguaya: subordinación de las organizaciones, predominio de liderazgos individuales, distribución discrecional de espacios y reducción de la participación a negociaciones entre dirigentes.
El problema adquiere otra dimensión cuando la expansión nacional de un movimiento se apoya en una intensa exposición mediática y en un discurso que lo presenta como una alternativa incuestionable frente a los sectores tradicionales. La comunicación política puede instalar una imagen de renovación, pero no sustituye la obligación de demostrar, con hechos, que existen democracia interna, transparencia, rendición de cuentas y respeto por el pluralismo.
Si además se utilizan recursos públicos para actividades de proyección política o electoral, corresponde exigir información verificable sobre su origen, finalidad y legalidad, distinguiendo las denuncias de los hechos debidamente comprobados.
La ciudadanía debe comprender que no toda fuerza que se presenta como nueva representa necesariamente una renovación democrática. Cambiar nombres, símbolos y protagonistas no garantiza una transformación de las prácticas políticas. La verdadera renovación comienza cuando el poder deja de ser patrimonio de un grupo y se convierte en una responsabilidad colectiva, sometida a controles y reglas transparentes.
La experiencia del movimiento encabezado por Miguel Prieto plantea, por tanto, una cuestión que trasciende las disputas electorales: ¿qué ocurre cuando una fuerza política que surgió cuestionando a los sectores tradicionales comienza a concentrar su liderazgo y a organizar su estructura alrededor de una conducción predominante?
La pregunta fundamental es si estamos ante una verdadera democratización del poder o frente a la construcción de una nueva hegemonía que, bajo una narrativa de cambio, corre el riesgo de reproducir las prácticas que decía combatir.
La respuesta exige examinar hechos, decisiones y mecanismos efectivos de participación, no solamente las declaraciones de sus dirigentes o adversarios. La alternancia de nombres y organizaciones adquiere valor democrático cuando también transforma la distribución del poder, la administración de los recursos públicos y la autonomía de quienes integran una alianza.
Cuando las decisiones se concentran en una conducción personalista, donde el «yo» termina imponiéndose sobre el «nosotros», los aliados quedan subordinados a una voluntad predominante y las diferencias corren el riesgo de resolverse mediante negociaciones por espacios de poder.
Por eso, la transparencia de las decisiones, la selección de candidaturas, la rendición de cuentas y la posibilidad de disentir sin represalias son indicadores fundamentales para determinar la naturaleza democrática de un proyecto político.
El cambio de nombres no garantiza el cambio de sistema
Cuando las nuevas dirigencias reproducen el clientelismo, la dependencia laboral, los privilegios y la concentración de las decisiones, la renovación termina siendo una sustitución de élites: cambian los protagonistas, pero permanecen las estructuras de subordinación que impiden una democratización efectiva del poder.
Ciudad del Este, por su peso político y económico, y el área de influencia de Itaipú Binacional constituyen escenarios decisivos para examinar esta realidad. Allí, la relación entre poder político, recursos públicos, empleo y proyección electoral plantea un desafío que va más allá de las disputas entre movimientos: determinar si las instituciones y los recursos están al servicio del interés colectivo o si terminan reforzando nuevas estructuras de poder.
Paraguay necesita una transformación que devuelva al trabajo su dignidad, a las instituciones su finalidad pública y a la política su verdadera función de servicio. Una renovación democrática auténtica no puede limitarse a desplazar a quienes antes ejercían el poder para instalar a otros en su lugar. Debe democratizar las decisiones, fortalecer la autonomía de las organizaciones y evitar que los recursos públicos se conviertan en instrumentos de dependencia o dominación política.
De lo contrario, las nuevas hegemonías terminarán administrando los mismos vicios que prometieron superar. El cambio habrá sido únicamente de nombres, mientras los privilegios y los mecanismos de reproducción del poder seguirán funcionando bajo una nueva identidad.
La verdadera prueba de una fuerza política que aspira a transformar el Paraguay no es su capacidad de absorber aliados, sino su disposición a compartir el poder con ellos en condiciones de igualdad.
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